23F: Los documentos secretos
Episodio 05

La democracia bajo vigilancia: qué sabían Washington, el Vaticano y las potencias antes del 23F

El expediente diplomático R-39017, la ambigüedad calculada de Estados Unidos y los contactos previos del CESID con el embajador americano y el Nuncio del Vaticano.

18 min1 marzo 2026

Notas del episodio

Contexto y fuentes

El 25 de febrero de 2026, el Consejo de Ministros de España desclasificó 167 documentos sobre el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Ese mismo día murió Antonio Tejero Molina a los 93 años.

Este episodio analiza el documento “Algunos datos para una crónica de un golpe anunciado”: citas textuales publicadas entre mayo de 1980 y febrero de 1981 en revistas militares que muestran diez meses de escalada retórica hacia el golpe.

Documentos mencionados

  • “Algunos datos para una crónica de un golpe anunciado”
  • “Índices de subversión en las FAS” (diciembre 1981)
  • Documento n.º 5: planificación manuscrita del golpe (1980)

Nombres clave

  • Antonio Tejero Molina — Teniente coronel, Guardia Civil
  • Los Almendros — Seudónimo colectivo, tres textos (dic 1980 – feb 1981)
  • General Carlos Iniesta — “La paciencia tiene un límite”
  • Operación Galaxia (1978) — Intento previo de tomar La Moncloa

Capítulos

00:00Introducción: España, febrero de 1981
03:45Los informes del CESID
08:20Movimientos militares previos
13:10La cadena de errores
18:30Las señales que nadie escuchó
13:00La planificación manuscrita
15:00Los Almendros: la cuenta atrás
19:00Alguien sabía. Y no hizo nada.

Transcripción

Transcripción completa

El veintitrés de febrero de mil novecientos ochenta y uno, a las seis y veintitrés de la tarde, un teniente coronel de la Guardia Civil asaltó el Congreso de los Diputados de España.

A las seis y veinticuatro, la noticia empezó a saltar de capital en capital. Washington. París. Bonn. Roma. La Santa Sede. Buenos Aires. Santiago de Chile.

En cuestión de minutos, el mundo entero miraba a España. Pero aquí viene la pregunta que nadie quiso hacer durante cuarenta y cinco años: ¿solo miraban? ¿O algunos ya sabían lo que iban a ver?

Porque entre los ciento sesenta y siete documentos desclasificados en febrero de dos mil veintiséis, hay un expediente del Ministerio de Asuntos Exteriores. Se llama R treinta y nueve cero diecisiete. Catorce documentos sobre un conflicto diplomático entre España y Estados Unidos.

Y lo que revelan no es que Washington condenara el golpe. Es que tardó una eternidad en hacerlo.

En los episodios anteriores hemos recorrido un largo camino. Hemos visto los textos que anunciaban el golpe meses antes de que ocurriera. Hemos vivido las dieciocho horas y veintidós minutos de aquella noche desde el Palacio de la Zarzuela. Hemos descubierto que seis miembros del propio servicio de inteligencia español participaron activamente en el golpe y luego activaron una operación de encubrimiento.

Y hemos presenciado un juicio donde la verdad se negoció entre lo que había que castigar y lo que había que proteger. Hoy cambiamos de escala. Salimos de España.

Porque lo que ocurrió dentro del Congreso de los Diputados no ocurrió en el vacío. España en mil novecientos ochenta y uno era un país que intentaba entrar en la OTAN. Un país que negociaba su adhesión a la Comunidad Económica Europea. Un eslabón de la cadena occidental en plena Guerra Fría.

Y cuando ese eslabón tembló, las reacciones del resto de la cadena fueron reveladoras.

Empecemos por el socio más importante. Estados Unidos de América.

El veintitrés de febrero de mil novecientos ochenta y uno, el presidente de Estados Unidos era Ronald Reagan, que llevaba exactamente un mes y tres días en el cargo. Su Secretario de Estado era Alexander Haig, un general de cuatro estrellas, excomandante supremo de la OTAN, un hombre que conocía perfectamente los equilibrios militares en Europa.

Y cuando los periodistas preguntaron a Haig por lo que estaba ocurriendo en España, su respuesta fue esta: "Es un asunto interno de España."

Cuando leí esa frase en los documentos desclasificados, me quedé helado. Un asunto interno de España.

Piensa en eso un momento. Un golpe de Estado militar en un aliado de la OTAN, en la Europa occidental, en mil novecientos ochenta y uno, y el Secretario de Estado de la mayor potencia del mundo lo califica como "un asunto interno".

Esas cuatro palabras provocaron un terremoto diplomático. El expediente R treinta y nueve cero diecisiete del Ministerio de Asuntos Exteriores recoge, documento por documento, cómo la diplomacia española reaccionó a la ambigüedad norteamericana.

Porque llamar "asunto interno" a un golpe de Estado tiene una lectura muy precisa en lenguaje diplomático: significa que no vas a condenarlo. Al menos, no todavía. Que estás esperando a ver quién gana.

Y la condena formal de Washington, cuando finalmente llegó, lo hizo con un retraso que en los pasillos del Palacio de Santa Cruz, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores de España, se interpretó como un mensaje en sí mismo.

El expediente R treinta y nueve cero diecisiete contiene catorce documentos. Catorce. No es una anécdota. Es un conflicto diplomático completo. Notas, comunicaciones internas, análisis de las declaraciones americanas, propuestas de respuesta. Todo lo que un gobierno necesita dejar por escrito cuando un aliado no se comporta como aliado.

Ahora bien, ¿fue negligencia? ¿Fue torpeza? ¿O fue algo más calculado?

Para responder a esa pregunta, necesitamos retroceder unas semanas. Antes del veintitrés de febrero.

¿Recuerdas al Comandante Cortina? Lo conocimos en el episodio tres. José Cortina Prieto, jefe de la Agrupación Operativa de Misiones Especiales del CESID. La unidad de operaciones encubiertas. Seis de sus hombres participaron en el golpe. Él fue procesado y absuelto.

Pues bien. En el informe sobre la participación de la AOME en los hechos del veintitrés de febrero, hay un párrafo final que se lee casi como una nota al pie. Pero es dinamita.

Dice textualmente: "Se conocen contactos del Comandante Cortina con el Nuncio de Su Santidad y con el Embajador de Estados Unidos, señor Todman, en fechas previas al día veintitrés, según manifestó el Capitán Gómez Iglesias."

Cuando leí esa línea, tuve que parar. Releerla. Y releerla otra vez.

El jefe de operaciones encubiertas del servicio de inteligencia español, cuya unidad participó activamente en el golpe, mantuvo contactos con el embajador de Estados Unidos y con el representante del Papa en España... antes del veintitrés de febrero.

Ahora, el documento no dice qué se habló en esos contactos. No lo detalla. Y eso, en sí mismo, me parece significativo. Porque este es un informe interno del CESID, de los que se redactan para que la superioridad sepa exactamente qué ocurrió. Y sin embargo, sobre esas reuniones con el embajador y el Nuncio, solo hay una línea. Una sola.

¿Qué hacía el jefe de operaciones especiales del CESID reuniéndose con el embajador americano semanas antes de un golpe en el que su propia unidad iba a participar?

Las posibilidades son limitadas. O estaba tanteando la reacción americana ante una eventual intervención militar. O estaba buscando algún tipo de apoyo, o al menos de no interferencia. O esas reuniones no tenían nada que ver con el golpe y la coincidencia temporal es solo eso, una coincidencia.

El documento no nos da la respuesta. Los documentos desclasificados rara vez lo hacen. Lo que hacen es plantear las preguntas correctas. Y la pregunta correcta aquí es: ¿sabía Washington que algo se estaba gestando en España?

Porque si lo piensas desde la perspectiva americana, la posición de Haig tiene una lógica fría que me resulta escalofriante. Si Estados Unidos tenía indicios de que algo podía pasar, y no lo impidió, la última cosa que querría hacer cuando ocurre es condenarlo inmediatamente.

Primero esperas a ver el resultado. Si los golpistas ganan, necesitas poder trabajar con ellos. Si pierden, condenas, pero con un retraso que pueda explicarse como "prudencia" en vez de como "complicidad".

No estoy afirmando que esto sea lo que ocurrió. Estoy diciendo que es exactamente la lectura que hicieron los diplomáticos españoles que redactaron el expediente R treinta y nueve cero diecisiete.

Y luego está el otro contacto. El Nuncio de Su Santidad. El representante diplomático del Vaticano en Madrid.

Cortina se reunió con él también antes del veintitrés de febrero. ¿Para qué? El Vaticano en mil novecientos ochenta y uno era un actor geopolítico de primer orden. Juan Pablo segundo llevaba menos de tres años como Papa. La Iglesia española tenía una influencia enorme en la sociedad y en los cuarteles.

Si alguien quisiera calibrar cómo reaccionaría la Iglesia ante un cambio de régimen, el Nuncio sería la persona a la que acudir. Pero, de nuevo, el documento solo nos da el dato. No la explicación. Y quizá esa sea la lección más importante de estos archivos desclasificados: a veces la verdad no viene empaquetada con una conclusión. Viene en fragmentos, y te obliga a pensar.

Ahora, sería injusto pintar la reacción internacional solo con la brocha de la ambigüedad americana. Porque mientras Washington medía sus palabras con pinzas, el resto del mundo democrático reaccionó.

Los documentos desclasificados del Ministerio de Asuntos Exteriores incluyen once informes de representaciones diplomáticas españolas en Europa e Iberoamérica. Once documentos que registran las muestras de apoyo que España recibió aquella noche y los días siguientes.

Europa se movió rápido. Francia, Alemania, Italia, el Reino Unido, los países del Benelux, todos ellos emitieron comunicados de apoyo a la democracia española. El Parlamento Europeo convocó una sesión extraordinaria. La Comunidad Económica Europea, de la que España estaba negociando su entrada, dejó claro que no habría adhesión posible para una España no democrática.

Pero es en Iberoamérica donde la reacción tiene un matiz completamente distinto. Y aquí los documentos adquieren una profundidad que me impresionó.

Piensa en el mapa de América Latina en febrero de mil novecientos ochenta y uno. Argentina está bajo la dictadura de Videla. Chile bajo Pinochet. Uruguay bajo dictadura militar desde mil novecientos setenta y tres. Brasil lleva casi dos décadas de gobierno militar. Paraguay bajo Stroessner. Bolivia acaba de tener un golpe de Estado en julio de mil novecientos ochenta.

Cuando España sufre un intento de golpe, estos regímenes miran con una mezcla de interés y nerviosismo. Si el golpe triunfa, es una validación. Si fracasa, es un precedente peligroso: demuestra que las democracias pueden resistir a sus militares.

Los documentos del Ministerio de Asuntos Exteriores registran las reacciones de las embajadas españolas en estos países. Y hay algo fascinante: los gobiernos democráticos de la región, que eran pocos, se apresuraron a expresar solidaridad. Los gobiernos militares permanecieron en silencio o emitieron declaraciones tan vagas que parecían escritas por el equipo de Alexander Haig.

Y después vino el juicio. La Causa dos barra ochenta y uno.

Si ya vimos en el episodio anterior cómo se desarrolló el juicio dentro de España, con sus comisiones militares parciales, sus defensores airados y su Presidente del Tribunal denegando pruebas, imagínate lo que significó ese juicio visto desde Buenos Aires o Santiago de Chile.

Los documentos desclasificados registran el seguimiento que hicieron las representaciones iberoamericanas del proceso judicial español. El juicio fue cubierto por la prensa internacional con una intensidad que hoy llamaríamos mediática. Pero la atención desde América Latina no era periodística. Era existencial.

Lo que España decidiera hacer con sus golpistas sentaría un precedente. Si los condenaba con firmeza, el mensaje era claro: los militares que se alzan contra la democracia pagan las consecuencias. Si las sentencias eran blandas, el mensaje era otro: se puede intentar un golpe y salir relativamente bien parado.

Y las sentencias, como ya sabemos, fueron consideradas insuficientes por el Gobierno español, que recurrió. Pero esa historia ya la contamos.

Lo que importa aquí es que España, sin pretenderlo del todo, se convirtió en un laboratorio democrático observado por medio mundo. Las dictaduras latinoamericanas observaban para aprender cómo resistir a la presión democratizadora. Las incipientes democracias de la región observaban para aprender cómo sobrevivir a sus propios generales.

Ahora necesito que avancemos en el calendario. Del veintitrés de febrero al catorce de diciembre de mil novecientos ochenta y uno. Diez meses después del golpe.

En el Palacio de la Zarzuela, Su Majestad el Rey Juan Carlos I se reúne con el Presidente del Gobierno Leopoldo Calvo-Sotelo, el Ministro de Defensa y la Junta de Jefes de Estado Mayor. Es una reunión cerrada. Lo que se diga allí no debería salir de esas paredes.

Pero entre los documentos desclasificados hay uno que Sabino Fernández Campo, Secretario General de la Casa del Rey, le envía a Emilio Alonso Manglano, director del CESID. Es el guion que sirvió de base para esa reunión. Y lo que dice ese guion es extraordinario. Porque revela a un Rey haciendo equilibrios sobre una cuerda invisible.

Punto cinco del guion. Leo textualmente: "Aunque hemos avanzado y estamos avanzando mucho en el camino de la democracia, no constituimos aún un país totalmente estable, donde las actuaciones de todas las fuerzas, de todos los estamentos, de todas las Instituciones puedan funcionar ya con la más absoluta de las normalidades."

Cuando leí esa frase, me impactó. No constituimos aún un país totalmente estable. Diez meses después del golpe, el Jefe del Estado reconoce ante la cúpula militar que la democracia española no está consolidada.

Y sigue. Punto seis: "Unas Fuerzas Armadas vencedoras en una triste guerra civil, que no obtuvieron beneficios destacados después de su victoria y que durante cuarenta años sirvieron a España con espíritu de sacrificio, estaban acostumbradas al mayor respeto, a la más destacada consideración, a la protección de su dignidad por parte de los distintos sectores de la Nación."

El Rey está validando las quejas del Ejército. No las acciones del golpe, pero sí el malestar que lo alimentó. Les está diciendo: entiendo por qué están irritados.

Y punto nueve. El más revelador de todos: "Lo cierto es que la situación militar, sobre todo después del llamado 'manifiesto de los cien', es hoy delicada y digna de atención."

Delicada y digna de atención. Diciembre de mil novecientos ochenta y uno. Diez meses después de Tejero. Y la situación militar es "delicada".

El Rey pide en ese guion que se analice la situación "con prudencia", que se planteen soluciones "con exquisito tacto y con equilibrio excepcional". Les dice a los militares que sus quejas son legítimas. Les dice a los civiles que el rigor no puede ser solo para los uniformados. Intenta que todos se sientan escuchados sin que nadie se sienta traicionado.

Es el documento de un hombre caminando sobre alambre. Un Jefe de Estado que hace tres cuartos de año frenó un golpe, y que ahora le dice a los mismos militares que intentaron derrocarlo: os entiendo. No lo apruebo. Pero os entiendo.

Y eso, querido oyente, nos obliga a replantearnos algo fundamental sobre el veintitrés de febrero de mil novecientos ochenta y uno.

¿Se salvó la democracia española el veintitrés de febrero? La respuesta instintiva es sí. Tejero se rindió, Milans retiró los tanques, el Rey habló por televisión. Victoria de la democracia. Aplausos.

Pero este documento de diciembre de mil novecientos ochenta y uno nos dice otra cosa. Nos dice que diez meses después, la partida seguía abierta. Que el Rey seguía negociando con un Ejército que no aceptaba del todo el nuevo orden. Que la estabilidad no era un hecho consumado sino un proceso frágil, diario, de equilibrios exquisitos.

Y si miras la reacción internacional que hemos recorrido hoy, el cuadro se completa. La ambigüedad americana no fue solo torpeza diplomática; fue el reflejo de una duda real sobre si España iba a lograrlo. La solidaridad europea no fue solo un gesto; fue un mensaje a los golpistas de que el aislamiento sería el precio del éxito. Y el silencio de las dictaduras latinoamericanas no fue solo discreción; fue expectativa.

La democracia española no se salvó en dieciocho horas. Se fue salvando durante años. Documento a documento. Reunión a reunión. Equilibrio a equilibrio.

Y ahora solo queda una pregunta. La más difícil de todas.

¿Por qué estos documentos estuvieron clasificados durante cuarenta y cinco años? ¿Qué había en ellos que justificara mantenerlos en secreto durante casi medio siglo? ¿A quién protegían?

Porque hay algo que aún no hemos contado. Algo que conecta la Operación Míster, las sentencias del juicio, el papel de la JUJEM y una coincidencia histórica que parece sacada de una novela: Antonio Tejero, el hombre del tricornio, murió el veinticinco de febrero de dos mil veintiséis. El mismo día en que se publicaron estos documentos desclasificados.

En el próximo y último episodio de "23F: Los documentos secretos": "45 años de silencio". ¿Por qué se escondió la verdad? ¿Era necesario? ¿Y qué nos dice sobre la España de hoy?

Los documentos hablan. Solo hay que saber escucharlos.

Veintitrés F: Los documentos secretos es una producción de SintetiCast. Este podcast ha sido guionizado, producido y publicado enteramente por inteligencia artificial.